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La montaña de Gorbea

Foto de La montaña de Gorbea

Siendo el País Vasco una tierra muy vinculada al monte, la cumbre del Gorbea ha sido tradicionalmente un símbolo muy especial para los vascos.

La montaña de Gorbea
Con 1.418 metros de altura, esta cima accesible por todas sus vertientes, se inserta en el Parque Natural del Gorbea, 20.016 hectáreas de prados y bosques repartidas entre Vizcaya y Álava, muy frecuentadas por montañeros y paseantes. Su clima extremo hace que el otoño sea una época idónea para visitarlo.
Flora y fauna
Los extensos dominios del parque recogen una genuina representación de las especies típicas de montaña. Entre ellas figuran la marta, gato montés, ciervo, azor, gavilán y el águila calzada, además de otras muchas. Algunos protagonizan espectáculos dignos de apreciar como la berrea de los ciervos en época de celo. Su flora es también rica y variada, abundando los robledales, hayedos, marojales, alisedas, matorrales y praderas montanas.
Mitología y tradición montañera
Una comunidad tan rica en mitología propia tenía forzosamente que asociar parte de su imaginario a esta misteriosa cima y sus alrededores. En estos parajes habita Mari, madre de Atarrabi y Mikelatz, las representaciones vascas del bien y del mal. Aunque la leyenda es imprecisa y se abstiene de marcar un punto exacto, la referencia a las cavernas vascas apuntan que esta dama se movía entre los dominios del Gorbea y las rocosas paredes del Anboto, donde aún hoy día acuden pastores en procesión para honrar a esta divinidad y pedirle protección en el desempeño de su labor.
No sólo eso, la cruz de Gorbeia es uno de los emblemas del montañismo vasco. Su origen, ya cristiano, está en la recomendación del papa León XIII de conmemorar el nuevo siglo con cruces en las montañas. En 1899, el párroco de Zeanuri se embarca en el proyecto de construir una cruz de 33 metros, tantos como años tuvo Cristo. Sus piezas se subieron en carros de bueyes y se colocaron en 1901 para ver como un mes más tarde era derribada por un vendaval. Tras otro intento fallido, el tercer proyecto redujo el tamaño a 17 metros, con estructura metálica y se colocó en 1907. Esta resistió incluso las bombas de la guerra civil y es la que aún se conserva en pie.
De ruta por el parque
Se puede comenzar la visita al parque en el valle de Zuia, donde se aprecia el entorno cultural en los caseríos. La capital es Murguía, una bonita villa edificada en un llano que se articula alrededor de su calle principal con modestas joyas monumentales. Cercana está Sarría, desde donde se accede a Casa del Parque tras cruzar el medieval Puente Blanco. Esta es un área recreativa donde preparar rutas por la zona, obtener información, comer, etc.
Desde aquí se puede emprender un paseo en llano hasta el puente de Arlobi, sombreado por un bello bosque de ribera con el arrullo de los pájaros y el río Bayas. Por el camino se encuentra la casa y colmenas de Aldarro, una fuente ferruginosa y tras un breve ascenso, un dólmen reconstruido de cinco metros de altura. En general esta vertiente sur es la más amable para emprender un ascenso a la montaña. Existen multitud de caminos, casi uno desde cada pueblo, así como otras rutas marcadas por el pastoreo y antiguos moradores.
Tomando la senda de Egillolarra, la marcha saldría del pueblo de Murua, flanqueada por la carretera y el río Zubialde hasta que el asfalto se adentra en la espesura del hayedo y el robledal. Pronto se topa el excursionista con el Molino hidráulico de Murua, una reliquia de cuando había que moler la harina para hacerse el pan. Según se gana altura, se divisa una zona de embalses y al llegar a una valla hay que abandonar la carretera. A la derecha una cruz marca tres rutas de ascensión, siendo la central la más directa.
Continúa el ascenso entre árboles frondosos hasta un mirador de las antiguas canteras de Murua. Pronto el camino se sumerge en un uniforme bosque de hayas. La siguiente bifurcación ofrece al caminante la posibilidad de subir directamente o rodear para acercarse a unas profundas cuevas de más de 12 kilómetros de galerías. Retomando el ascenso comienzan a aflorar restos de carboneras y viejas chabolas pastoriles. La senda está bien delimitada y en los cruces hay marcas de pintura indicativas.
Ascenso a La Cruz
La subida a La Cruz sólo está recomendada para los visitantes más en forma, ya que pese a la baja dificultad de la marcha, sus 12,4 kilómetros hacen mella. El frondoso hayedo da paso a la apertura entre helechos y brezos y tramos de duras rampas que llevan al collado y las ruinosas chabolas de Egillolarra. La senda pasa junto a una antigua fuente y asciende las lomas de Arroriano hasta su collado, desde el cual se divisa ya el símbolo, así como excelentes vistas de las peñas de Igiñiger. A partir de aquí el camino es un paseo por las lomas mullidas de hierba hasta la redondeada cima presidida por la Cruz.

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