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Hayedos en otoño

Publicado el 2018-09-16

La Península Ibérica se sitúa a la cabeza del continente con cerca de un centenar de bosques diferentes. Nuestra diversidad climática da lugar a ejemplares de tipo mediterraneo, submediterraneo, ribereño, canario o mixto. Pero si existe un tipo de bosques que reine de forma indiscutible en la mitad occidental de la península e ilustre la época otoñal, esos son los recios y sombríos hayedos.

Bosques caducifolios de distribución típicamente europea, podemos encontrarnos con hayedos a lo largo de toda la zona norte debido al clima húmedo que les es más favorable. Sin embargo, el haya se prodiga incluso en algunos puntos del Sistema Central, alcanzando zonas como Madrid o Castellón, donde su área de distribución alcanza el límite meridional.

El haya (Fagus sylvatica), tiene su valor reconocido desde la cultura celta, para la cual era considerada un árbol sagrado. En Aquitania incluso se han encontrado estelas prerromanas con la inscripción de Fago Deo, el Dios Haya. Tal vez esta veneración del pasado tenga que ver con la buena conservación de sus bosques a día de hoy. Los estudios cartográficos consideran que más del 50% de los hayedos españoles se encuentra en un estado de conservación alto.

Llamado faya por los asturianos, bacua por los navarros y conocido también vulgarmente como pago o payo, el haya es una especie perteneciente a la familia de las fagáceas, al igual que el castaño, la encina, el roble o el alcornoque. Un árbol de elevado porte que puede llegar a medir hasta 40 metros. Posee follaje denso, corteza lisa y una copa formada a partir de la mitad del tronco. Es un árbol longevo, capaz de resistir más de tres siglos en pie.

A pesar de darle nombre y ser la especie dominante en el estrato arbóreo, el haya no está sola en estos bosques. Adornando su majestuosidad encontramos, aunque de forma escasa, robles, fresnos, arces, tilos o tejos. El estrato arbustivo hace acto de presencia con acebos, avellanos, espineras y mostajos.

Y es que más allá del concepto de bosque, el hayedo constituye un diminuto universo que cobija una gran riqueza de especies animales y vegetales en su interior. Su biodiversidad es tan alta que se calcula que en una hectárea viven 10.000 especies distintas, exponentes de todos los grupos biológicos. En él encuentran un agradable habitat el oso pardo, el lobo, el gato montés, el zorro, la garduña, la comadreja, el corzo, el jabalí, la marta, el azor o el urogallo.

Pese a su apariencia milenaria, los hayedos son los bosques más jóvenes del viejo continente. Sólo hace unos pocos miles de años de su extensión hacia Europa desde sus posiciones originales en el Caúcaso y Asia Menor. La adaptación a terrenos más occidentales les fue muy propicia ya que llegaron para quedarse, inundando grandes superficies y convirtiéndose en un tipo de bosque paradigmático, con su aspecto frondoso y sombrío.

Otoño en el interior del hayedo
Es con la llegada del otoño cuando los bosques de hayas alcanzan su periodo de mayor belleza y esplendor. Un tiempo en el que inundan los montes de colores cálidos y mullen el suelo con su hojarasca, modificando el hábitat. Su presencia se vuelve más misteriosa en esta época del año alcanzando un cromatismo fulgurante. Unas sensaciones que fácilmente podremos vivir si nos dejamos envolver por alguno de los aproximadamente cuarenta hayedos de nuestro país.

Se tiene al otoño por una época triste, apagada, de tránsito. Pero su efecto en estos bosques no podría ser más vívido. En contraste con el verde de los musgos o el gris plata de los troncos, las hojas del haya sorprenden con sus tonalidades ocres, anaranjadas, rojizas y amarillas. Una magia sensorial a la que se suma el arrullo del viento en sus hojas y, en ocasiones, el susurro del agua que discurre por algún arroyo o manantial cercano.
El visitante se siente embargado por la grandiosidad del bosque, que resulta un lugar más que adecuado para visitar en soledad y sentirse la más ínfima parte del universo perdido en un mar de naturaleza en periodo de cambio. Un reino de luces y sombras que invita a la introspección y, a la manera de un santuario natural, puede resultar calmante o intimidante dependiendo de la forma en que nos adentremos en él.

La desconexión con la a menudo estresante realidad llega a tal punto que tampoco es ninguna locura pensar que nos encontramos sumergidos de lleno en un mundo de fantasía. Podemos dejar volar la imaginación y pretender que estamos en un cuento británico al estilo Robin Hood o aún más irreal, en algún mágico paraje donde gnomos o elfos cohabiten con el resto de la fauna autóctona.

El marco idílico del ambiente otoñal en el regazo del hayedo se complementa con una temperatura idónea. El clima en su interior se ve suavizado aunque manteniendo una lógica humedad característica. En las lindes del hayedo nos encontraremos probablemente con zarzas, endrinos, rosales silvestres, madreselvas y brezos que también contribuyen a la explosión de colorido estacionario.

En ocasiones, el potente amarillo de los hayedos destaca con el verde perenne de abetos, acebos, bojes y tejos que se inmiscuyen en el bosque cuando las condiciones les son propicias. Y eso que las hayas no son muy hospitalarias con otras especies, puesto que el filtro de luz que crean dificulta enormemente la supervivencia de plantas en el interior del bosque. Pero en la batalla por la adaptación han salido victoriosas las especies que han sabido permanecer en la sombra, como líquenes, musgos, helechos, hepáticas, violetas o amapolas amarillas.

Hayuco, fruto de vida
Rondando por el bosque tal vez nos encontremos alguna seta, muy abundantes en los hayedos, o incluso veamos el suelo regado de unos frutos muy valorados por algunos de sus habitantes. Hablamos de los hayucos, una importante fuente de alimento para la fauna forestal. Se trata de una comida fundamental para que algunas especies puedan engordar y así sobrevivir a su periodo de hibernación. Esto es posible gracias al alto contenido en grasas del hayuco, superior al 40%.

Aún así, el ritmo de producción de estos frutos no es muy dinámico. Sólo hay cosechas abundantes cada cuatro o seis años. Esto ocasiona que en los posteriores años muchos animales se vean con dificultades para alimentarse de este fruto. Es el caso del jabalí, que consume hayucos en grandes cantidades y contribuye en el proceso de remover las capas superiores del terreno, propiciando así la germinación de las semillas de las propias hayas, así como de otras especies arbóreas.

También el ganado vacuno pasta en los hayedos, especialmente razas autóctonas como la tudanca de Cantabria, la vaca pirenaica y la betizu de los montes del País Vasco y de Navarra. Tradicionalmente estos frutos han alimentado a ocas, gallinas y ganado porcino y aún hoy pueden verse piaras en los claros de los hayedos navarros y asturianos buscando el manjar.

De igual forma, los humanos se han venido beneficiando de las posibilidades del hayuco. Hace tan sólo unos cuarenta años, en León y Palencia los hayucos se prensaban y se obtenía de ellos un aceite empleado para guisos y para elaborar jabón.

Cuatro estaciones
Ha quedado patente ya que el otoño es una oportunidad única para visitar los hayedos, pero cada estación le aporta su encanto al paraje. En invierno los árboles se quedan desnudos, pero podemos disfrutar de la vista nevada de los hayedos cantábricos y pirenaicos, dignos de postal aunque ya no tan acogedores. Y es que las hayas pueden soportar temperaturas de hasta -25ºC.

La primavera supone el renacer de la vida para el bosque. El silencio invernal se ve interrumpido por el trinar de los pájaros y la savia comienza a fluir por los árboles. El periodo de hibernación es historia y el hayedo despierta para afrontar un nuevo ciclo. También llega el deshielo que contribuye a que el agua comience a recorrer la zona como líquido imprescindible para la vida del entorno.

Ya con la llegada del estío, el hayedo se convierte en un privilegiado refugio donde poderse esconder del sofocante calor. El verde heredero de la primavera contrasta con otros incipientes tonos ocres. Es un periodo en que el visitante puede encontrar confort y descansar plácidamente en el hayedo a salvo del inclemente sol.

Hayedos relevantes en España
Con una cobertura total de 365.000 hectáreas, los bosques de haya españoles tienen como peculiaridad que no se encuentran generalmente por debajo de los 1.000 metros. Dada su situación en el límite sur de la distribución europea, sólo a partir de estas cotas alcanzan los niveles de humedad óptimos para sobrevivir. Aunque su extensión se da principalmente por las montañas septentrionales, tenemos ejemplares desde Asturias a Tarragona pasando por Madrid.

Foto de Feranza

Iratí, Urbasa y Belagua (Navarra)
El norte de Navarra puede presumir de disponer de las mayores superficies de hayedos de la península. Aquí encontramos el segundo más grande del continente, la selva de Irati que cuenta 17.195 hectáreas, sólo superadas por la Selva Negra alemana. Es el hayedo más similar a los del resto de Europa.

Más al noroeste se sitúa el Parque Natural Sierra de Urbasa, uno de los más atípicos y atractivos hayedos, marcado por la actividad pastoril en la zona y la falla de Zunbeltz. La Comunidad Foral cuenta con varios hayedos más como El Señorío de Bértiz, el Valle del Roncal, la Sierra de Aralar, Belagua, etc.

Otro de los ejemplos más esplendorosos de hayedo lo tenemos en el valle de Belagua, el más oriental de Navarra, donde se entremezclan hayas con pinos silvestres. Se encuentra en el límite con la provincia de Huesca.

Ordesa (Huesca)
Dentro del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, se encuentran los hayedos de Añisclo, Pineta y Ordesa. Cada uno con sus peculiaridades, comparten su ubicación en las laderas de cañones de suelo calcáreo y una gran riqueza de especies vegetales que forman en común.

Madrid (Montejo)
Uno de los hayedos más pequeños pero famoso precisamente por encontrarse tan al sur de la península. Se sitúa al norte de Madrid, en la Sierra de Ayllón y en realidad es un bosque mixto entre hayedo y abetal. Su acceso está restringido y hay que solicitar visita para acceder a él.

Tejera Negra (Guadalajara)
Otro de los más meridionales de Europa. Sus hayas se asentaron en épocas remotas pero la zona fue sometida a una dura explotación maderera hasta mediados del siglo XX. Por ello, se pueden observar hayas centenarias, algunas de más de 300 años, compartiendo espacio con hayas más jóvenes y homogéneas junto con tejos que dan nombre al parque-, algunos de más de 600 años.

Entre los citados se encuentran algunos de los más importantes, pero no todos. Las opciones son muchas para acercarnos a descifrar el misterio y a sentir la reconfortante paz que ofrecen estos oscuros bosques. Una oportunidad que los amantes de la naturaleza no deben dejar pasar, en especial mientras dure la estación otoñal
Foto de Miriela Rodriguez



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