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En este rincón mediterráneo con tranquilas playas, la naturaleza ha levantado un promontorio duro, de laderas estériles, que sirve de asentamiento a una ciudad con antiquísimo caserío, a la que proporciona un papel guerrero.

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En esta plaza fuerte que siempre fue Peñiscola, el cartaginés Amílcar Barca levantó algunos bastiones que todavía se mantienen y dicen que Anibal juró odio eterno a los romanos.

Siglos después, llegaron los árabes; más tarde, Jaime I la conquistó y después la donó a los templarios, quienes construyeron el castillo. Cuando estos monjes-soldados fueron condenados y perseguidos por los papas hasta el último rincón de la tierra, Peñiscola pasó a la orden sanjuanista y, luego, a la de Montesa.

De todos los grandes personajes que aquí establecieron su feudo, es el Papa Luna el más interesante. El aragonés Pedro de Luna, que vivió a caballo entre los siglos XIII y XIV, fue nombrado papa en Avignón, tomando el nombre de Benedicto XIII y enfrentándose al de Roma. Cuando en el concilio de Pisa se eligió al Papa Alejandro V, el aragonés no quiso dejar el papado y siguió en sus trece. Al final tuvo que huir y se refugió en el castillo de Peñiscola, donde vivió durante casi trece años, hasta la muy avanzada edad de noventa, sin querer ceder.

En Peñiscola, el guía enseña la habitación donde pasó sus últimas horas, el lugar donde escribía y la ventana por donde contemplaba el mar. Casi todo ha resistido el paso del tiempo: arcos, puertas y la escalera labrada en la misma piedra que baja desde el castillo hasta el Mediterráneo. Las actuales murallas fueron construidas en tiempos de Felipe II, pero fue Felipe V quien le concedió el titulo de ciudad por haber apoyado su causa, resistiendo año y medio a las fuerzas de otro pretendiente al trono, el archiduque Carlos. La mejor época para la visita es fuera de los meses de verano, cuando ha pasado el aluvión turístico. Entonces Peñiscola re recoge en sí misma y parece más el lugar que antaño fue.

La vieja ciudad conserva empinadas callejuelas, se diría que no hay dos a la misma altura, pequeñas casas con terrazas típicas de un pueblo pescador y balcones de hierro. Fijándose bien se distingue que las cortinas de las puertas son, en realidad redes de pesca. Algo digno de ver es el llamado bufador, un agujero que se comunica con el mar y que multiplica en sus bóvedas el rumor de las olas. A veces, cuando el oleaje es muy fuerte, este murmullo se convierte en griterío furioso y el mar penetra túnel arriba llenando de espumas el brocal. En el exterior de la fortaleza se extienden largas playas flanqueadas de edificios y urbanizaciones.

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